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2025: resiliencia, bajada de tipos, aranceles y un mercado que aprendió a convivir con la incertidumbre

2025: resiliencia, bajada de tipos, aranceles y un mercado que aprendió a convivir con la incertidumbre

16 de diciembre de 2025

Por Mario Catalá

Quedan solo dos semanas para que cerremos un año 2025 que quedará marcado, en cuanto a mercados financieros se refiere, por la coexistencia de tres elementos que incidieron de manera significativa en el desarrollo de los mismos: un crecimiento macroeconómico que en agregado, resistió mejor de lo que se había previsto al iniciar el año, una política monetaria que viró gradualmente hacia la acomodación (aunque con ritmos dispares entre regiones), y un shock político–comercial que reconfiguró expectativas, elevó la volatilidad de los mercados y obligó a los inversores a revaluar primas de riesgo y valoraciones. En este contexto, los mercados de renta variable globales, lejos de colapsar han mantenido un muy buen tono que les ha llevado a cerrar el año muy cerca de máximos, apoyados en unos beneficios empresariales todavía crecientes y en la expectativa de tipos de interés más bajos.

A continuación presentamos un resumen de los principales acontecimientos económicos y financieros que hemos vivido en este 2025, con foco especial en Estados Unidos, Europa y China:

Estados Unidos

En Estados Unidos, el año transitó desde un arranque con mucha incertidumbre económica hacia una segunda mitad más condicionada por el cierre federal y el vaivén arancelario. Desde comienzos de año la Fed admitía no tener prisa en recortar tipos, con una inflación que sorprendía levemente al alza en enero. Ese telón de fondo anticipaba la divergencia de políticas respecto a Europa, con la autoridad monetaria estadounidense defendiendo la continuidad de un sesgo restrictivo ante un mercado laboral robusto y riesgos inflacionarios latentes.

El segundo trimestre trajo el primer gran golpe político por parte de Donald Trump, la implantación (y posterior escalada) de aranceles por parte de Washington, que conllevó la correspondiente respuesta por parte de china. La consecuencia inmediata fue una subida de la volatilidad, un deterioro de encuestas de confianza y un replanteamiento de la senda de precios y crecimiento a corto plazo, que se tradujo en una caída muy importante en los mercados de renta variable que llevaba al S&P 500 a perder cerca de un 15% en solo dos semanas. Aunque el mercado llegó a descontar múltiples recortes de la Fed, la propia institución decidió seguir siendo cauta por el potencial riesgo de repunte de la inflación, derivado del encarecimiento de importaciones y del posible shock energético.

Entrado el verano, la narrativa de crecimiento “robusto pero con matices” se consolidó. La probabilidad de recesión bajó con fuerza, los índices americanos recuperaron y superaron retrocesos previos, y el S&P 500 llegó a cotizar más de un 30% por encima de los mínimos de abril, para dar paso a un otoño que sumó un ingrediente poco habitual: el cierre federal prolongado que limitó la publicación de estadísticas clave y añadió una capa de incertidumbre operativa y fiscal. A pesar de ello, los PMIs se mantuvieron en expansión, las estimaciones de PIB repuntaron con fuerza y el mercado continuó descontando un ciclo de recortes suaves, condicionados al comportamiento del empleo y a la trayectoria de la inflación subyacente. La Fed ejecutó sendas bajadas de 25 puntos básicos en octubre y diciembre, situando el tipo de referencia en el rango 3,50%–3,75%, con el debate del mercado pivotando hacia si se efectuarán una o dos bajadas adicionales en 2026. En paralelo, la discusión sobre valoraciones tecnológicas ganó foco, pues beneficios y márgenes empresariales debían justificar múltiplos elevados en un contexto de costes financieros que, aunque descendentes, seguían lejos de los tipos cero de la década anterior.

Europa

Europa vivió 2025 desde la prudencia y la estabilidad, con una macro que mejoró gradualmente y con una autoridad monetaria más dispuesta a recortar antes que su homóloga estadounidense. El arranque del año confirmó la debilidad económica a nivel manufacturero, con los dos principales motores del viejo continente, Alemania y Francia evidenciando serias dificultades, mientras que los indicadores de servicios mostraban cierta resistencia situándose en zona de expansión, con los países del sur de Europa (España a la cabeza), liderando este aspecto.

Pese al bajo crecimiento económico, el empleo sorprendió por su resiliencia, con la tasa de paro en mínimos históricos en el primer tercio del año. En ese contexto, el BCE encadenó recortes de 25 puntos básicos en invierno y primavera, hasta llevar la facilidad de depósito al 2,25% y posteriormente al 2%, abriendo después un compás de espera para evaluar objetivos y evitar sobrerreacción ante el repunte de precios energéticos y salariales. El giro fiscal alemán fue la novedad más relevante del frente europeo: la discusión para elevar el gasto por encima del billón de euros y flexibilizar el límite de endeudamiento apuntó a un cambio de régimen que podría reforzar inversión en defensa e infraestructuras y, por arrastre, dinamizar la zona euro en 2026. Las encuestas de sentimiento (ZEW) captaron esa inflexión con mejoras visibles, incluso cuando el consumo minorista seguía siendo el punto flaco y las divergencias políticas (especialmente palpables en Francia), introducían ruido en el corto plazo. A nivel de precios, Europa mostró una estabilización más clara que EE. UU., con IPC general alrededor del 2% y subyacente sosteniéndose en el 2,3%–2,4%, dando al BCE margen para pausar tras el verano y evaluar si hacer un último ajuste en 2026.

China

China navegó el año entre una industria que mantuvo tasas de crecimiento razonables, una demanda interna que volvió a ser la asignatura pendiente y un comercio exterior que sufrió altibajos por el tira y afloja arancelario. Con todo, el PIB se sostuvo por encima del objetivo gubernamental y el mercado laboral mostró estabilidad, con una segunda mitad del año donde las exportaciones aumentaron significativamente, y tomó fuerza la expectativa de nuevos estímulos en 2026 por parte del gobierno. focalizados en reactivar servicios y cerrar el bache de consumo.

Claramente, la geopolítica ha sido un factor importante que ha condicionado a los tres bloques económicos. El pulso arancelario de Washington tuvo réplicas inmediatas: encarecimiento de importaciones, riesgos de traslación a precios finales y decisiones de inversión aplazadas por las compañías, lo que elevó la prima de incertidumbre. El conflicto en Oriente Medio añadió la dimensión energética, con la amenaza sobre el estrecho de Ormuz reavivando temores inflacionarios globales y empujando al crudo con fuerza desde mínimos del año. En ese entorno, las autoridades monetarias calibraron el trade-off entre sostener el ciclo y contener los precios, optando por movimientos graduales y mensajes de “dato–dependencia” para no alimentar la volatilidad en los mercados, ya muy elevada en este contexto internacional.

En suma, 2025 fue el año en que los mercados globales mantuvieron el tipo: Estados Unidos reafirmó su resiliencia entre cierres administrativos y debates de valoración, Europa cimentó una estabilidad prudente apoyada en un BCE más flexible y en el potencial giro fiscal alemán y China atravesó un ciclo mixto donde los estímulos y el foco en consumo interno preparan el terreno para 2026.

La clave para el próximo tramo seguirá siendo la trayectoria de inflación (especialmente la subyacente en EE. UU.), la velocidad y magnitud de los recortes de tipos. y la resolución o encauzamiento de los frentes arancelarios. Con beneficios aún en expansión y niveles elevados de liquidez, sobre todo en las compañías de mayor capitalización, el mercado ha demostrado (al menos a lo largo de este 2025) que puede convivir con la incertidumbre, algo que no solemos ver con frecuencia.