Beneficios y riesgos de la inteligencia artificial: una herramienta poderosa que exige sabiduría humana
27 de enero de 2026
Por Ana Quintanal
La inteligencia artificial (IA) está cada vez más presente en la vida cotidiana. Está en los sistemas que traducen idiomas, recomiendan contenidos, detectan fraudes, ayudan a interpretar imágenes médicas o generan textos e imágenes a demanda. Su expansión no es un avance técnico más, marca un cambio profundo en la relación entre la humanidad y la tecnología, porque toca áreas que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas como aprender, decidir, crear, comunicarse o persuadir, entre otros. Precisamente por eso, hablar de IA no es solo hablar de innovación, sino de identidad, de responsabilidad y de ética.
Según documentos como Antiqua et nova (nota publicada por el Vaticano en enero de 2025), la clave es distinguir entre la inteligencia humana y la “inteligencia” de la IA. La primera integra cuerpo y espíritu, razón y afectividad, libertad y conciencia moral. La segunda funciona de forma operativa: procesa datos, detecta patrones y genera respuestas convincentes, pero no tiene conciencia ni responsabilidad propias. Aun así, puede aprender a “distinguir moralmente” en sentido práctico si se la educa, con criterios, ejemplos y límites (como a un niño), aunque esa orientación ética dependa del entrenamiento y la supervisión humana. Esta diferencia ayuda a entender tanto sus beneficios como sus riesgos.
Qué puede aportar la IA cuando se orienta al bien
La IA puede ser una herramienta extremadamente útil cuando está guiada por una ética sólida y se entiende por lo que es: un producto del ingenio humano, orientable hacia fines buenos, puesto al servicio de la persona y del bien común, y no al revés.
Entre los múltiples beneficios de un correcto uso de la IA destacan aspectos tan relevantes como su capacidad para ayudar en tareas complejas al procesar grandes volúmenes de datos y apoyar la toma de decisiones. En lo social, mejora la detección de necesidades y amplía el acceso a servicios esenciales. En el trabajo, aporta valor cuando complementa al humano, automatiza lo rutinario y potencia la creatividad. En salud, apoya diagnósticos, personaliza tratamientos y acerca la atención a zonas aisladas. En educación, ofrece tutoría adaptativa y recursos personalizados sin sustituir la relación docente-alumno. Y en sostenibilidad, permite prever riesgos climáticos, optimizar energía y responder mejor a emergencias, contribuyendo a un desarrollo más resiliente.
Riesgos: cuando la tecnología desplaza a la persona
Los riesgos más graves no provienen solo de “fallos técnicos”, sino de una confusión de base: tratar la IA como equivalente de la inteligencia humana. Esa equivalencia empuja hacia una visión utilitarista: valorar a las personas por lo que producen o por las tareas que pueden realizar, como si su dignidad dependiera de rendimiento, eficiencia o capacidades medibles. La tradición de los derechos humanos dice lo contrario, que la dignidad es intrínseca, no depende de resultados, y permanece intacta incluso en la fragilidad.
Un riesgo que ya vemos es la crisis de verdad en el espacio público. La IA generativa produce textos, audios, imágenes o vídeos a veces indistinguibles a ojos de los humanos. Esto facilita la desinformación, la manipulación intencional y campañas que erosionan la confianza social. Cuando se rompe la confianza en lo que se ve y se oye, la vida democrática se degrada, crece la polarización y se debilita la sociedad. Las falsificaciones pueden herir reputaciones, destruir relaciones y dejar daños reales.
Otro riesgo importante es la falta de responsabilidad clara o la responsabilidad diluida ya que algunos sistemas de IA funcionan como cajas negras, lo que impide saber cómo llegan a sus decisiones y dificulta determinar quién responde ante un daño. Sin trazabilidad ni rendición de cuentas en todas las fases, la IA se vuelve un poder opaco sin responsables.
La desigualdad es otro riesgo importante ya que aumenta cuando el poder tecnológico y el control de datos se concentran en pocas empresas, lo que amplía tanto las brechas económicas como la influencia social y política. Además, cuando el acceso a tecnologías avanzadas no es equitativo, la brecha digital se profundiza y surgen nuevas formas de exclusión y pobreza.
En las relaciones humanas, la IA puede imitar conversación y empatía, pero no sentirla. Si se la humaniza, especialmente ante niños y jóvenes, puede favorecer vínculos superficiales “a demanda”, empobreciendo las relaciones reales y fomentando el aislamiento.
El riesgo no es solo perder empleos, sino convertir al trabajador en un mero ejecutor de tareas rígidas, des especializarle, y causar pérdida de autonomía. Cuando priorizamos reducir el “coste humano”, la eficiencia desplaza el sentido de comunidad y justicia.
En salud, el peligro aparece cuando se delegan decisiones clínicas o asignación de tratamientos en sistemas que priorizan criterios económicos o de eficacia. La medicina se deshumaniza si la relación entre paciente y profesional se reemplaza por la interacción con una máquina.
En educación, puede generar dependencia y reemplazar el pensamiento crítico. Si se utiliza para dar respuestas en lugar de fomentar la búsqueda y el razonamiento, empobrece el aprendizaje y afecta la integridad académica, facilitando la difusión de contenidos inexactos.
En cuanto a privacidad y control, la información personal puede revelar patrones de conducta incluso con pocos datos, lo que permite vigilancia intrusiva, manipulación y sistemas de “puntuación social” que condicionan oportunidades futuras. Reducir a una persona a sus datos amenaza su dignidad.
La IA también tiene un impacto ambiental relevante por su alto consumo de energía, agua y materiales, una huella que suele invisibilizarse y que retrasa la y la noción de urgencia de adopción de soluciones sostenibles.
Finalmente, la guerra: los sistemas autónomos letales plantean un grave dilema ético: al delegar en máquinas decisiones sobre objetivos y muertes, se elimina el juicio moral humano, se banaliza la violencia y se facilita la escalada armamentística. Ninguna tecnología debería decidir sobre la vida de una persona.
El criterio de fondo: la ética como brújula
La pregunta decisiva no es si la IA es “buena” o “mala”, sino a qué fines se orienta y con qué visión de la persona. La tecnología no es moralmente neutra ya que incorpora la mirada de quienes la diseñan, la financian, la regulan y la usan. Por eso, el documento propone que la dignidad intrínseca de toda persona debe ser la medida para evaluar tecnologías emergentes. La IA es éticamente positiva en la medida en que manifiesta esa dignidad y la promueve en todos los niveles: personal, social, económico y cultural.
Esto implica que es esencial garantizar transparencia, privacidad, seguridad, mitigación de sesgos y marcos de responsabilidad, junto con un control humano real en decisiones relevantes. También advierte contra la dependencia: la IA debe asistir, no sustituir la libertad y el juicio humano.
Conclusión: una herramienta que no debe ocupar el lugar del humano
En un tiempo en el que la información y el conocimiento se maximiza y pluraliza, y la simulación humana se perfecciona, la humanidad necesita algo que ninguna máquina puede producir: sabiduría. La sabiduría que solo puede ser humana, ya que implica la capacidad de unir decisiones y consecuencias, progreso y justicia, eficiencia y fraternidad.
La medida última del progreso no será la cantidad de conocimiento ni la velocidad de respuesta, sino cuánto cuidamos de los más vulnerables, cuánto defendemos la verdad y cuánto preservamos lo propiamente humano: la libertad responsable, la relación auténtica, la compasión, la apertura a lo verdadero y a lo bueno.
La IA, en definitiva, no es un sustituto de la inteligencia humana. Es una de sus obras. Esto plantea una pregunta clave: ¿el crecimiento tecnológico nos vuelve más responsables, justos y humanos?

