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El Cuerno de África

El Cuerno de África

24 de marzo de 2026

Por Jaime Martín Borregón

Hay regiones que, pese a resultar decisivas para el orden mundial, rara vez protagonizan los titulares. El Cuerno de África es una de ellas. Situado en el extremo nororiental del continente, frente al estrecho de Bab-el-Mandeb y la entrada al mar Rojo, este territorio condiciona uno de los flujos comerciales más importantes del planeta: por el canal de Suez transita aproximadamente el 12% del comercio mundial, conectando Asia, Europa y África. Quien controla esta región, o quien la desestabiliza, tiene en sus manos una palanca de poder global.

Su importancia no se limita a las rutas marítimas. La región alberga recursos naturales de enorme potencial, como la Gran Presa del Renacimiento Etíope, construida sobre el Nilo Azul, con una capacidad de unos 6.000 MW, es la mayor central hidroeléctrica de África y podría convertir a Etiopía en una potencia energética regional. Pero esa misma infraestructura ha generado tensiones profundas con Egipto y Sudán por el control del agua del Nilo, evidenciando cómo los recursos se convierten aquí en fuente de conflicto geopolítico tanto como de desarrollo. A ello se suma una extraordinaria diversidad étnica y religiosa: en los territorios montañosos del interior predominan comunidades cristianas, mientras que en las costas y tierras bajas la mayoría de la población es musulmana. Y, como dato que destaca la importancia histórica de esta tierra, fue aquí donde se descubrió el fósil de Lucy, de unos 3,2 millones de años, uno de los hallazgos más importantes para comprender el origen de nuestra especie.

Con ese peso estratégico como telón de fondo, la región se convierte en escenario de una intensa competencia entre potencias. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Turquía, Israel, China, Estados Unidos y Rusia compiten por influir en los puertos, gobiernos y rutas comerciales de la zona, cada uno buscando asegurar sus intereses comerciales, militares o de influencia regional. El caso más revelador es Yibuti: un país pequeño y con escasos recursos propios que, sin embargo, alberga bases militares de EE.UU., China y Francia simultáneamente, precisamente porque desde allí se vigila el estrecho de Bab-el-Mandeb, uno de los cuellos de botella más críticos del comercio mundial.

Lo que hace especialmente difícil esta dinámica es la fragilidad política de los países que conforman la región. Etiopía, el más poblado con más de 120 millones de habitantes, vivió un crecimiento económico notable en la década de 2010, pero arrastra una limitación estratégica crítica: no tiene salida al mar, lo que condiciona toda su política exterior. Somalia lleva más de 30 años con un Estado debilitado, caldo de cultivo para la piratería y la expansión de grupos armados como Al-Shabaab, pese a poseer una de las costas más largas de África frente a rutas comerciales cruciales. Eritrea, con un sistema político muy militarizado y cerrado, tiene sin embargo una posición costera en el mar Rojo de enorme valor. Somalilandia funciona como estado independiente desde 1991 sin reconocimiento internacional. Y Sudán, país vecino clave, atraviesa una guerra civil desde 2023 que aún desestabiliza más el conjunto de la región.

Es precisamente esa combinación (enorme peso estratégico sobre rutas, recursos y equilibrios de poder, unida a una elevada vulnerabilidad política interna), lo que convierte al Cuerno de África en uno de los puntos más determinantes del tablero geopolítico global.