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Una exploración ética de la inversión en defensa

Una exploración ética de la inversión en defensa

Por Faris Hamadeh

En los últimos años, el gasto en defensa ha resurgido con fuerza. Gobiernos, mercados e inversores parecen alinearse en una narrativa que sitúa la seguridad nacional como prioridad ineludible. Pero en medio de esta tendencia, cabe preguntarse: ¿estamos asistiendo a una respuesta racional ante un mundo más peligroso o simplemente nos estamos subiendo al carro de lo que ahora se considera aceptable?

Es innegable que el panorama geopolítico ha cambiado. Desde 2022, las tensiones internacionales han aumentado y los gobiernos han reorientado sus prioridades. Como afirmó recientemente Patrick Schneider-Sikorsky, socio del Fondo de Innovación de la OTAN: “No estamos entrando en una economía de guerra. Pero la idea de que la paz es el estado predeterminado… eso fue lo anómalo. Simplemente estamos volviendo a la vieja normalidad, donde la defensa y la seguridad están en el centro.”

Los mercados financieros parecen compartir esta visión: el sector Aeroespacial y Defensa lidera la renta variable europea en 2025.

El fenómeno de “subirse al carro”, bien documentado en psicología, describe nuestra tendencia a aceptar algo como – moralmente – válido cuando se vuelve socialmente común. La inversión en defensa, antaño tabú, ahora se presenta como moderna, necesaria e incluso deseable.

Más sorprendente aún ha sido la capacidad de la industria de defensa para reinventarse: de ser un sector opaco y casi clandestino, ha pasado a representar la vanguardia de lo “tecno-cool”. El armamento brillante y elegante, diseñado bajo un enfoque “AI-first” (inteligencia artificial primero) por una nueva generación de startups de tecnología militar, ha añadido un nuevo componente a la ecuación: la deseabilidad. Las armas de guerra ahora lucen tan atractivas que los inversores de capital riesgo se entusiasman con estas empresas como lo hacían con Tesla hace una década.

Si buscas en Google “Anduril weapons Palmer Luckey”, verás imágenes del fundador de Anduril posando con sus armas de última generación, vestido con su característica camisa hawaiana y chanclas. Esa estética informal y casi juguetona —más propia de un festival que de una industria bélica— transmite una imagen inquietante: las armas ya no solo se toleran, se celebran. Luckey aparece como un “tech bro” de Silicon Valley, sonriente y relajado, rodeado de drones y torretas automatizadas, como si estuviera presentando el último gadget de consumo. La guerra, envuelta en estética startup, se vuelve deseable.

Pocos discutirían que los gobiernos tienen una obligación ética de proteger la vida, la libertad y el bienestar de sus ciudadanos. De ahí el argumento de que la inversión en defensa por su parte sirva para garantizar la capacidad de disuasión o respuesta ante amenazas.

Pero antes de que, como inversores privados, empecemos a invertir en fabricantes de armas bajo el estandarte de la autopreservación, debemos hacer varias distinciones importantes entre las diferentes formas de inversión en defensa.

Primero, debemos distinguir entre la inversión gubernamental y la inversión privada. El deber de un gobierno es proteger a sus ciudadanos. El deber de un inversor privado es obtener beneficios. Son mandatos muy distintos, con paradigmas morales también muy distintos.

Como inversores privados, debemos reflexionar cuidadosamente sobre si queremos obtener beneficios de la guerra. Pocas cosas encapsulan mejor el sufrimiento humano que la guerra, donde la vida humana se destruye —literal y figuradamente. Tomemos el caso de un fabricante de armas: podemos suponer que cuantas más armas se vendan, más sufrimiento se causará y más beneficios obtendrá el inversor. Esto parece, sin duda, una alineación perversa de incentivos morales. Podría decirse que representa la inversión de impacto al revés: en lugar de buscar resultados positivos para las personas y el planeta, se obtiene beneficio del daño. Aunque, claro está, no todos los inversores son de impacto. Usando las religiones como referencia de “buenas prácticas éticas”, todas las grandes religiones del mundo mencionan la importancia de no beneficiarse económicamente del sufrimiento o la desgracia ajena, aunque no necesariamente en el contexto de la defensa. Las grandes religiones del mundo, desde el budismo hasta el cristianismo, desaconsejan explícitamente lucrarse con el sufrimiento ajeno. Mensuram Bonam, la guía elaborada por la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales del Vaticano para la alineación de las inversiones con la Doctrina Social de la Iglesia, desaconseja explícitamente la obtención de beneficios mediante la producción o distribución de armas, especialmente aquellas que alimentan conflictos o violaciones de derechos humanos.

No toda inversión en “defensa” es igual. No es lo mismo financiar sistemas de alerta temprana que misiles de largo alcance. Sin embargo, la industria ha logrado agruparlo todo bajo el paraguas de “defensa”, diluyendo así las implicaciones éticas de cada tipo de tecnología. Esta maniobra lingüística, tan impresionante como siniestra, permite que incluso las armas de guerra ofensiva se clasifiquen como “defensa”.

No hace falta ser pacifista ni abandonar intelectualmente el Realismo para reconocer que la inversión privada en “defensa” es mucho más moralmente cuestionable de lo que sugieren sus defensores. Aceptar la inevitabilidad del conflicto como una triste realidad de la existencia humana es muy distinto a beneficiarse económicamente de ella. Cada inversor debería reflexionar crítica y cuidadosamente sobre si ese es el tipo de carro al que quiere subirse.