Dissensĕre, que literalmente significa sentir de manera diferente
4 de noviembre de 2025
Por Sara López Vázquez
El diálogo ha sido históricamente uno de los pilares más sólidos y fundamentales de la convivencia humana. Tanto en el ámbito político como en el religioso, las sociedades que han sabido avanzar lo han hecho sobre la base del encuentro. La Transición democrática española es un claro ejemplo de ello; tras décadas de fractura y silencio, el diálogo se convirtió en la herramienta capaz de reconstruir la comunidad política desde la pluralidad. Del mismo modo, el Concilio Vaticano II marcó una apertura decisiva en la Iglesia católica, al reconocer en el diálogo con el mundo contemporáneo una vía de renovación y no de amenaza. En ambos casos, la conversación entre diferentes no fue un signo de debilidad, sino de madurez civilizatoria y progreso.
Hoy, sin embargo, el diálogo parece haber perdido su legitimidad. La lógica de la polarización ha colonizado la vida pública y privada, sustituyendo el intercambio racional por el enfrentamiento identitario. La conversación se ha degradado en un combate, no sólo en los parlamentos, también en las redes sociales y en las sobremesas familiares.
Según el escritor Juan Gabriel Vásquez, la información segmentada que recibimos a través de las redes ha dinamizado la capacidad de ponernos en el punto de vista del otro. La polarización contemporánea no es solo un fenómeno cultural, sino político y económico. Como advierte el profesor Diego S. Garrocho, es una tentación electoral y un gran negocio. Por ello, los poderes mediáticos y tecnológicos han comprendido que el conflicto genera atención y que la atención genera beneficios.
Todo esto ocurre en la era de la posverdad, en la que el concepto de verdad no sólo se relativiza, sino que se ve desplazado por la lógica de la persuasión y la emocionalidad. Los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las emociones y las convicciones personales, y son sustituidos por narrativas que buscan adhesión antes que consenso. Incluso los modos de comprobación de estos hechos y justificación de argumentos se han vuelto irrelevantes ante la prevalencia de lo que las personas sienten como su verdad, convirtiéndola en una cuestión moral e identitaria[1].
Este clima, donde la crispación ha reemplazado al respeto, erosiona los fundamentos mismos de la democracia liberal, cuyo oxígeno es precisamente el diálogo entre posiciones diversas. Un nuevo escenario, que rompe con uno de los principios de la democracia, que es la negociación. El acuerdo se ha convertido en algo imposible, las burbujas nos encierran en una unidad de pensamiento casi invulnerable.
Es perentorio, por tanto, reaprender a disentir. Y para ello, resulta crucial matizar la distinción entre polaridad y polarización. La polaridad es una condición antropológica: toda experiencia humana se mueve entre tensiones complementarias -libertad y responsabilidad, razón y emoción, individuo y comunidad- que no deben eliminarse, sino sostenerse en equilibrio. La polarización, en cambio, es una deformación de esa polaridad legítima; la perfilación del otro como amenaza o la desacreditación del otro junto a su desprecio moral, hasta la incitación al odio. Paradójicamente, cuando las polaridades naturales se niegan o reprimen, la polarización extrema encuentra terreno fértil. Y, en consecuencia, las sociedades que suprimen la diferencia se vuelven homogéneas, empobrecidas y, en último término, enfermas.
La discrepancia no es una amenaza para la convivencia, sino su condición de posibilidad. Una sociedad plural no busca eliminar los conflictos, sino gestionarlos desde un marco de respeto y una base común. Como recordaba el papa Francisco en Fratelli Tutti, “el diálogo perseverante y valiente no hace desaparecer las diferencias, pero puede crear nuevas síntesis fecundas”.
Frente a esta deriva, urge reivindicar una pedagogía del diálogo. Dialogar no es diluir las convicciones, sino reconocer al otro como interlocutor válido. Implica una disposición a escuchar, una apertura racional -un logos compartido- que busca la verdad incluso en medio del desacuerdo.
En ese contexto, ejercer la moderación se convierte en un acto de resistencia[2]. No una moderación tibia o equidistante -la que confunde prudencia con cobardía-, sino una moderación radical, que defiende las formas, la razón y el respeto incluso cuando fija posiciones firmes. Hoy, ser moderado puede resultar escandaloso, porque desafía los dogmatismos de todos los bandos.
[1] WAGNER, A. Deliberación, polarización y posverdad. Repensar la responsabilidad en la sociedad digital – Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
[2] DIEGO S. GARROCHO – Moderaditos

