Invertir con impacto en 2026: cuando el mundo deja de ser cooperativo
el 20 de enero de 2026
Por Ana Guzmán Quintana
Durante años hemos vivido bajo una premisa implícita: la existencia de un orden internacional imperfecto, pero cooperativo. Un mundo en el que, con mayor o menor fricción, los grandes retos globales se abordaban desde marcos multilaterales, consensos regulatorios y una cierta alineación de intereses entre actores públicos y privados.
Ese mundo ya no existe.
El escenario que se consolida de cara a 2026 es radicalmente distinto: fragmentación geopolítica, bloques enfrentados, competencia estratégica y un juego de suma cero, donde los principales líderes priorizan el interés nacional inmediato frente a cualquier noción de bien común global. En este contexto, seguir hablando de sostenibilidad e impacto con las mismas categorías mentales del pasado no solo es ingenuo; es ineficaz.
La sostenibilidad y la inversión de impacto entran así en un terreno mucho más incómodo, donde ya no basta con buenas intenciones ni con marcos teóricos bien construidos. El contexto importa. Y hoy, el contexto es profundamente político.
- Geopolítica: de riesgo periférico a marco dominante
La geopolítica ha dejado de ser un factor exógeno que se “incorpora” a los análisis de riesgo. Por desgracia, es el marco estructural dentro del cual se toman las decisiones económicas, tecnológicas y financieras. Y este marco en la actualidad es cuanto menos, incierto e inestable.
Sectores como la energía, el agua, la alimentación, los semiconductores, los datos o incluso la educación ya no se analizan únicamente por su contribución económica, social o ambiental y el potencial de rentabilidad, sino por su papel en el poder, la seguridad, la soberanía y la resiliencia de los países.
Invertir con impacto en 2026 exigirá aceptar esta realidad y operar en un entorno donde la coherencia ética no siempre coincide con la alineación geopolítica, y donde las decisiones correctas serán, en muchos casos, incómodas. Evitar esta tensión no la hace desaparecer, solo la desplaza. Y la premisa de capital paciente cobra más relevancia que nunca: es necesario que haya inversores dispuestos a invertir con un horizonte temporal mayor, y con el concepto de maximización no sólo de rentabilidad financiera, sino de impacto social y ambiental plenamente interiorizado.
- Tecnología e inteligencia artificial: el dilema entre eficiencia y humanidad
La aceleración tecnológica, con la inteligencia artificial como máximo exponente, redefine no solo sectores económicos, sino relaciones de poder. La concentración de capacidades tecnológicas en un número reducido de actores plantea preguntas que no son sólo técnicas, sino profundamente políticas y éticas.
La IA puede ampliar el acceso a educación, salud o servicios financieros, pero también puede concentrar poder, intensificar desigualdades, aumentar el consumo energético, reforzar dinámicas de control y vigilancia… e incluso poner la realidad en tela de juicio. El debate de cara a 2026 no es si la tecnología debe avanzar, sino bajo qué condiciones, al servicio de quién y con qué límites.
Tenemos que asumir que no toda eficiencia es deseable ni toda innovación es socialmente neutra. Poner la tecnología al servicio real de la humanidad exigirá gobernanza, criterio y una mirada de largo plazo que hoy escasea.
- Clima: de debate ideológico a variable macroeconómica
El cambio climático ya no es una cuestión de opinión, ni siquiera de narrativa. Es una realidad física con impactos económicos directos: inflación, disrupciones en cadenas de suministro, migraciones forzadas y aumento del riesgo financiero.
El clima ha dejado de ser la “E” de la inversión bajo criterios sociales, ambientales y de gobernanza (ESG) para convertirse en una variable macroeconómica estructural, comparable al envejecimiento poblacional o al endeudamiento público. Negarlo no lo hace desaparecer, e ignorarlo lo hace más costoso.
La transición climática sigue siendo necesaria, pero su viabilidad depende de algo clave: la aceptabilidad social. Sin resiliencia climática, y, por extensión, económica, y sin soluciones asequibles en energía, vivienda, movilidad, salud o educación, no habrá transición posible. Y sin una transición justa, el rechazo social seguirá creciendo.
- El vacío de la ayuda internacional y el nuevo rol del capital privado
La retirada progresiva de la ayuda internacional y el debilitamiento de los organismos multilaterales dejan un vacío difícil de ignorar. Ese espacio está siendo ocupado, en parte, por capital privado, el cual se ve abocado a adoptar un papel cada vez más catalítico para llenar ese vacío.
Este desplazamiento plantea una pregunta incómoda: ¿puede (y debe) el capital privado suplir funciones históricamente públicas? La respuesta no es sencilla. El capital puede catalizar, escalar e innovar, pero no sustituir estructuras institucionales sólidas ni resolver problemas estructurales en solitario.
El reto ahora no es tanto movilizar más capital, sino diseñarlo mejor, con estructuras de gobernanza robustas, expectativas realistas y una clara delimitación de responsabilidades entre lo público y lo privado.
- El riesgo de anestesiar el mercado con exceso de capital público
Paradójicamente, mientras se reduce la ayuda internacional, aumenta la presencia de capital público y cuasi-público en determinadas estrategias de mercados privados. Este fenómeno, aunque bienintencionado, conlleva riesgos significativos.
El exceso de capital concesional puede distorsionar precios, reducir la presión competitiva y favorecer modelos que sobreviven por subsidio más que por mérito. El impacto real necesita innovación, y la innovación requiere tensión, no anestesia.
Invertir con impacto implica distinguir cuidadosamente entre capital catalítico (que impulsa soluciones) y capital complaciente, que las perpetúa sin exigirles resultados.
- Inversión de impacto local y accesibilidad: volver al territorio
Una de las respuestas más claras a este contexto fragmentado es el retorno a la inversión de impacto local (impact placed investing), es decir, a necesidades concretas y en soluciones diseñadas desde lo local. Frente a grandes narrativas globales, emergen respuestas más modestas, pero más efectivas y que a su vez no tienen por qué no ser escalables o replicables en otros territorios.
Aquí, la accesibilidad (affordability) se convierte en eje transversal. No hay impacto si la vivienda no es accesible, si la energía no es asumible o si la salud y la educación quedan fuera del alcance de las capas menos favorecidas de la población. Los servicios básicos que no son asequibles dejan de ser solución para convertirse en privilegio.
Las soluciones que funcionen serán aquellas adaptadas al entorno local, con capacidad de escalar o replicarse, pero sin perder conexión con la realidad social que pretenden transformar.
- Seguridad, fractura social y la ética de la renuncia
En este nuevo escenario, conceptos tradicionalmente incómodos para la sostenibilidad como seguridad, defensa o soberanía regresan al centro del debate. No puede haber bienestar social sin estabilidad, ni transición sostenible sin sistemas seguros y resilientes.
Al mismo tiempo, la fractura social emerge como uno de los mayores riesgos sistémicos. La desigualdad ya no es solo una cuestión moral, sino una amenaza directa a la estabilidad política, económica e institucional.
Invertir con impacto en 2026 exigirá, además, recuperar una ética de la renuncia: aceptar que no todo puede financiarse (o al menos no con nuestro dinero a cambio de renunciar a nuestros valores) no todo tiene por qué escalarse, y no todo tiene una solución inmediata. Decidir dónde no estar será tan importante como decidir dónde sí.
La sostenibilidad y el impacto entran en una etapa más exigente, menos complaciente y profundamente política. En un mundo que ha dejado de ser cooperativo, invertir con sentido requerirá más criterio, más coherencia y, sobre todo, más coraje.
No será un camino más fácil. Pero sí será, probablemente, más honesto y más necesario que nunca.

