Contacta con nosotros

Google maps

Image Alt

Lo Irreparable

Lo Irreparable

Por Cristina Inogés Sanz

 

 

Hay una persona que, cada día, se muestra más como una luz en la oscuridad. Me refiero a Hannah Arendt. Ella dijo: El mal moderno no necesita monstruos: puede administrarse como procedimiento. Pues en esas estamos.

 

El llamado “caso Epstein” nos ha revuelto a todos y nos ha provocado la sensación nauseabunda de que Epstein no era el tipo único, el cerebro siniestro, el lobo solitario, lo que hubiera sido ya bastante malo. En realidad, se trata de toda una agenda de nombres, a cuál más relevante en el panorama internacional y en los campos más diversos, los que formaban parte de un entramado de corrupción, abusos, trata de personas, algunas menores, y por lo que parece hasta ahora, también de asesinatos. Toda una estructura de poder, dinero y control político que han ido de la mano y, para asegurarse la participación de los grandes y poderosos, nunca importaron los medios para conseguir los fines.

 

Una vez más se cumple el ritual de no creer a quien se atreve a levantar la voz y denunciar, con lo que la justicia parece llegar tarde una vez más. Además de todo esto, una serie de preguntas nos van a perseguir durante mucho tiempo y, bien podría ser de por vida: ¿Quién sabía lo que pasaba? ¿Nadie? ¿Quién ayudó a proteger a Epstein y a toda la estructura que creó? ¿Cuántas víctimas nunca sabremos que lo fueron porque literalmente desaparecieron? ¿De dónde sacaban los bebés para sus orgías y bacanales?

 

El mal existe y lo sabemos desde siempre, sin embargo, esa presencia del Mal (así, con mayúscula) personificada en seres a quienes se había convertido en los nuevos gurús del éxito en infinidad de campos, no la veíamos o no la queríamos ver. Ese Mal, que estamos viendo en el llamado “caso Epstein”, provoca un dolor desconocido en quienes lo padecen y en quienes lo descubren en las víctimas, porque se visibiliza lo más terrible que es lo irreparable. En este dolor no hay posibilidad alguna de reparación.

 

Algunos de los implicados en este caso, donde la degradación moral de un grupo de supuestamente selectos ciudadanos de muchos países es incuestionable -de hecho, son amorales-, ya han comunicado que donarán el 99% de sus fortunas para ayuda a las víctimas. No cabe mayor desprecio y altivez. Están tan acostumbrados a conseguir todo con dinero que creen que pueden comprar sus propias conciencias -si es que las tienen-. Porque, no nos engañemos, las víctimas no les importan. Lo único que quieren es lavar su imagen, mantener la máscara de su falsa filantropía.

 

Lo irreparable no lo es porque no se pueda indemnizar a las víctimas. Lo es porque no basta con reconocer el daño causado; no basta una indemnización económica -¿qué precio tenía y tiene para estos amorales la vida humana?-; no basta con darle el mundo entero a cada una de las víctimas… ¿Entonces? Lo que las víctimas necesitan es justicia restaurativa. Esta justicia exige que la institución o estructura que ha provocado y consentido lo sucedido cambie o desaparezca. ¿Es posible que esto suceda en este caso? ¿Cómo conseguir justicia restaurativa para las víctimas por parte de quienes realmente manejan al mundo?

 

No poder conseguir esa justicia para las víctimas de esta aberración, significará que quedarán en el olvido, que la impunidad de la mayoría de los magnates sigue viva, y que la estructura creada por Epstein solo habrá entrado en estado de hibernación… Hasta que el momento adecuado indique que hay que despertarla porque, después de todo, de un colapso ético se puede salir mejor de lo que se pensaba. Dejarán caer a unos cuantos, los menos necesarios e importantes para ellos, para hacer ver que se ha hecho justicia. En realidad, nada.

 

La isla de Epstein ya no es solo un lugar geográfico, sino que ha pasado a ser el escenario de una película de terror en la que, probablemente, ningún guionista hubiera sido capaz de imaginar la historia que allí se ha vivido. ¡Ojalá fuera solo un escenario! Realmente, y esto es lo que revela la realidad del mundo en el que vivimos, es el lugar donde se han desarrollado sucesivamente una especie de bailes de debutantes. Porque para ser alguien en el selectísimo club del mundo corrompido del poder, había que bailar en la isla de Epstein. Ha sido el muy fructífero networking del terror.

 

Todo bien. Entre la sospecha y la evidencia de lo que allí pasaba, hubo tiempo de sobra para ser más y más ricos. Epstein solo da nombre a la podredumbre moral con la que se manipula al mundo.

 

¿Qué necesitamos como humanidad para reaccionar?