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En defensa del altruismo efectivo

En defensa del altruismo efectivo

3 de marzo de 2026

Por Faris Hamadeh

El Altruismo Efectivo (“EA” por sus siglas en inglés) es un movimiento global que parte de una intuición moral sencilla pero profundamente exigente: si podemos ayudar a otras personas, deberíamos hacerlo de la manera que genere un mayor bien con los recursos disponibles. Su origen contemporáneo se asocia al filósofo australiano Peter Singer, especialmente a su famoso ejemplo del “niño que se ahoga”: si podemos salvar a un niño en peligro sin un coste significativo, tenemos la obligación de hacerlo. Singer nos invita a extender esa lógica a quienes sufren lejos de nosotros a través de donaciones.

En términos prácticos, este planteamiento conduce al núcleo del EA: no basta con la intención de ayudar; es necesario preguntarse cómo hacerlo mejor. Algunas intervenciones salvan o mejoran muchísimas más vidas que otras, y el movimiento insiste en usar evidencia comparativa, análisis de viabilidad y priorización rigurosa.

A pesar de su coherencia interna, el EA no ha estado exento de controversia. El colapso de la plataforma de criptodivisas FTX y la conducta fraudulenta de su fundador, Sam Bankman-Fried, que había abogado por el principio de “ganar para dar”, provocaron un golpe reputacional significativo. Sin embargo, este episodio no invalida el marco del EA. La mala praxis individual no invalida la validez normativa de la idea y sugerir lo contrario es absurdo. Más allá de esta polémica, los motivos que justifican la existencia del EA siguen plenamente vigentes. Vivimos en un mundo donde las herramientas para aliviar sufrimiento son realmente extraordinarias. En este contexto, el EA recuerda una verdad incomodísima: cada euro destinado a una causa es un euro que no se destina a otra, y esa diferencia puede traducirse en vidas salvadas o perdidas.

Partiendo de esa base, una de las propuestas más influyentes del movimiento es convertir la generosidad en un hábito estructural. En vez de donar solo cuando surge una crisis o cuando “sobra algo”, el EA propone fijar un porcentaje claro de nuestros ingresos para donar de manera estable. Esto reduce la procrastinación moral y normaliza la ayuda como parte de la arquitectura financiera de la vida, en lugar de verla como un gesto ocasional. Sería irónico hablar del EA – un movimiento comprometido con la toma de decisiones basada rigurosamente en los datos, sin realmente mirar los datos. Con eso en mente, en 2025, quienes viven en Europa donaron de media el 0,64% de sus ingresos, mientras que en África la media fue del 1,54%, según el World Giving Report de CAF. La metodología usada calcula la generosidad como proporción de los ingresos y combina donaciones a ONG, contribuciones religiosas y ayuda directa. Que África, siendo significativamente más pobre, done más porcentaje de sus ingresos que Europa, sugiere que los países más ricos podrían estar haciendo más.

¿Cuánto pues deberíamos donar? El compromiso más conocido propone donar al menos el 10% de los ingresos de forma sostenible, pero no es una cifra fija, sino que la idea es que el porcentaje se adapte a las capacidades económicas de cada uno.  El proyecto The Life You Can Save, inspirado en Singer, propone un modelo más progresivo (y quizás más realista como punto de partida), de donar habitualmente el 1% para rentas medias.

El EA no se limita a las donaciones de las personas físicas, su lógica dura tiene la capacidad de trascender distintos ámbitos. Por ejemplo, el EA está empezando a influir el campo de la inversión de impacto. Su marco basado en tres criterios – importancia, tratabilidad, y desatención – ayuda a identificar aquellos problemas de gran escala, con soluciones demostradas y poca financiación, donde el capital adicional puede marcar una diferencia desproporcionada. Fondos como Rubio Ventures en Holanda, ya están incorporando este approach en su metodología de impacto.

Para quienes se identifican con la filosofía del EA, su racionalidad implacable forma parte esencial de su atractivo. Para otros, puede resultar ir demasiado lejos. Pero quizá no sea necesario adoptar el racionalismo más estricto. Si quienes podemos permitírnoslo fijamos al inicio de cada año un porcentaje claro de donación – 1%, 5% o 10%, según nuestras posibilidades, y lo integramos en el presupuesto como si fuera un impuesto (con una domiciliación automática a final de mes), ya estaríamos dando un paso enorme con un impacto muy tangible.