La Sinodalidad y la Inversión
Por Jonathan Capelo Gavela, CFA
Todos los inversores, o todas las personas responsables de preservar y gestionar un patrimonio, necesitan una serie de normas, principios y en definitiva un marco de decisión si quieren tener éxito a largo plazo. La profesionalización y una forma de gobierno adecuada se han convertido en una exigencia transversal para cualquier patrimonio que quiera trascender, ya sea el de un inversor particular, un gran patrimonio familiar, una fundación o una congregación religiosa.
La política de inversión de un cliente puede tener un enfoque puramente financiero, maximizando la rentabilidad en función del perfil de riesgo. Otras veces el planteamiento es más amplio, incorporando a los objetivos de rentabilidad una misión y unos valores que orientan la toma de decisiones según distintas prioridades y plazos. En el caso de las congregaciones religiosas, nosotros nos apoyamos en la Doctrina Social de la Iglesia, como marco ético y social, y en Mensuram Bonam, como guía práctica para orientar la inversión responsable. Si estos textos ayudan a pensar en qué invertir, el documento final del Sínodo sugiere cómo tomar las decisiones dentro de la Iglesia. Y muchas veces pasa desapercibido o no se hace una lectura de cómo aplicar la sinodalidad en el patrimonio de una institución.
El significado literal de sinodalidad es “caminar juntos”. Es una forma de vivir y gobernar una institución que implica escucha, diálogo, participación y toma de decisiones compartida. Y precisamente ahí está una de las claves del documento final del Sínodo de 2024, que refleja las conclusiones del proceso sinodal desarrollado desde 2021 y del que han formado parte no solo obispos, sino también sacerdotes, religiosos y laicos. No es una novedad que los laicos estén presentes, pero sí la primera vez que lo hacen con voto y capacidad real de decisión. Más allá de su dimensión religiosa, el documento final propone una forma de gobierno más participativa, transparente y corresponsable, en la que la autoridad no desaparece, sino que se ejerce de manera más relacional y abierta a la escucha. En ese marco, la aportación de los laicos y el contraste de opiniones adquieren un valor real, porque ya no basta con decisiones unilaterales.
La sinodalidad no habla explícitamente de inversión, pero sí del modo en que se toman decisiones relativas a la gestión de bienes: quién participa en la decisión, cómo se estructura esa decisión y con qué controles se supervisa. En concreto, pone el foco en el discernimiento eclesial, los procesos decisionales y una cultura de transparencia, rendición de cuentas y evaluación. Es una manera de decir que no es suficiente con tener buena intención: hacen falta procedimientos, órganos de decisión, metodologías y una cultura institucional capaz de justificar las decisiones y revisar sus resultados. En este marco, la gestión no debería descansar solo en el ecónomo, sino apoyarse también en equipos cualificados de laicos y religiosos, así como en expertos externos cuando sea necesario.
Durante mucho tiempo, la gestión económica de muchas congregaciones religiosas descansó en pocas manos, con gran generosidad, pero a veces con conocimientos limitados de gestión patrimonial o con procedimientos poco formalizados. Hoy la realidad es distinta. La complejidad de los mercados, los cambios regulatorios, la necesidad de preservar el patrimonio en un entorno de inflación más persistente y la exigencia de coherencia con la misión hacen aconsejable incorporar expertos y avanzar con método. No se trata de burocratizar la toma de decisiones ni de que alguien externo decida por el ecónomo, sino de profesionalizarlas y mejorarlas.
En resumen, invertir no es solo comprar o vender fondos de inversión ni delegar la gestión a un banco, sino un acto institucional que refleja valores, procesos y responsabilidades. Comienza mucho antes de asignar recursos y no concluye con la ejecución de la inversión. Invertir es elegir qué profesionales están alineados con los intereses del cliente y posteriormente evaluar y supervisar con criterio el trabajo realizado. Y, en determinados contextos, también puede ser una forma de hacer misión.

