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Pecunia Non Olet

Pecunia Non Olet

El 26 de mayo de 2026

Por Sara López Vázquez

La expresión latina non olet —“no huele”— encierra una de las verdades más incómodas de la historia económica: el dinero, una vez convertido en moneda de cambio, parece desprenderse de su origen. Da igual de dónde venga; lo relevante es que circule, genere y rinda. El emperador romano, Vespasiano esgrimió ese argumento para justificar un impuesto sobre las letrinas públicas, cuando su hijo Tito le recriminó la obtención de una ganancia de tal procedencia. Hoy, dos mil años después, la lógica permanece intacta en buena parte de la industria financiera.

La inversión contemporánea ha alcanzado una notable sofisticación en el análisis del riesgo; no puede decirse lo mismo de su atención a la procedencia del capital que genera ese beneficio. El mercado continúa evaluando compañías por sus márgenes, crecimiento o capacidad de generación de caja, mientras que la pregunta sobre cómo se obtiene ese beneficio queda frecuentemente relegada a un segundo plano. Como si la rentabilidad pudiera aislarse moralmente de las actividades que la generan.

Ferlosio veía en el non olet no una simple anécdota, sino un mecanismo de borrado y encubrimiento. El dinero pierde el “olor” de su origen porque el sistema necesita que lo pierda. Solo así puede circular sin fricciones éticas. Solo así es posible que beneficios derivados de industrias profundamente controvertidas terminen integrados con normalidad en carteras de inversión, fondos de pensiones o productos financieros comercializados de forma masiva.

La cuestión no es nueva, pero sí adquiere una dimensión distinta en un contexto donde las cadenas de valor son cada vez más complejas y opacas. Hoy el capital puede financiar indirectamente actividades vinculadas a la industria armamentística, al juego, a la explotación de datos personales o a sectores que degradan la dignidad humana sin que el inversor llegue siquiera a percibirlo. La distancia entre el origen y el destino del dinero funciona como un mecanismo de absolución: cuanto más intermediado está el beneficio, más fácil resulta considerar que carece de implicaciones morales.

Sin embargo, la neutralidad financiera es, en gran medida, una ficción. Toda inversión implica una asignación de capital y, por tanto, una toma de posición sobre qué modelos económicos se fortalecen y cuáles no. Tal y como señala el documento Mensuram Bonam: ninguna inversión es moralmente neutra. Por ello, cuando el único criterio verdaderamente determinante es la rentabilidad, el non olet deja de ser una expresión latina para convertirse en una cultura económica: la cultura de la indiferencia respecto al origen del beneficio.

Esto no significa que la inversión deba transformarse en un ejercicio de pureza moral imposible. La realidad económica siempre será compleja y estará llena de zonas grises. Pero precisamente por eso resulta insuficiente limitar el análisis ético a clasificaciones superficiales o a etiquetas ESG estandarizadas. El verdadero desafío consiste en recuperar la pregunta que el mercado tiende a silenciar: no solo cuánto beneficio genera una actividad, sino de qué manera lo genera y qué consecuencias produce.

Porque quizá el problema de nuestro tiempo no sea que el dinero huela mal, sino que hemos aprendido a dejar de percibir el olor.