La inteligencia artificial: productividad, empleo y poder en la nueva revolución industrial
El 7 de julio de 2026
Por Daniel Mayor
La irrupción de la inteligencia artificial recuerda, en algunos aspectos esenciales, a los momentos más convulsos de la Segunda Revolución Industrial. Entonces, la mecanización, el crecimiento demográfico favorecido por los avances médicos y el éxodo rural aumentaron la oferta de mano de obra, lo que contribuyó a mantener bajos los salarios y a unas condiciones laborales precarias en una época en la que los derechos de los trabajadores aún eran limitados. Este cóctel desembocó en intensas tensiones sociales y en el surgimiento de movimientos sindicales, partidos obreros y nuevas ideologías como el socialismo o el marxismo. Sin embargo, aquellas tensiones también obligaron a replantear las bases del propio sistema económico. Con el tiempo, se impuso la idea de que el esclavismo es menos rentable que el capitalismo, una persona que piensa que puede salir de pobre trabajando es una fuerza laboral muy superior a un esclavo desmoralizado, esta aspiración contribuyó a multiplicar la productividad. Además, se evitan revoluciones sociales. El capitalismo encierra una tensión interna fundamental: el trabajador es simultáneamente un coste que las empresas tratan de minimizar y, a la vez, un cliente cuya capacidad adquisitiva debe ser suficiente para absorber la producción. Sin consumidores, el capitalismo simplemente no puede funcionar.
Hoy, la historia parece rimar: la IA no solo amenaza con sustituir trabajos físicos, como en el pasado, sino que se adentra en el terreno hasta ahora más protegido, el trabajo intelectual. Esto podría derivar, al menos temporalmente, en una situación de sobreoferta de trabajo similar a la de principios del siglo XX, donde amplias capas de la población quedan desplazadas y obligadas a renegociar su papel en la economía. La respuesta habitual de los economistas es que se espera que todo cambio tecnológico destruya empleos, en el corto plazo, pero acaba generando otros nuevos que sustituyen a los obsoletos; confiemos en que, como ya ocurrió en el pasado, esta transformación termine creando más oportunidades de las que elimina y dé lugar a un nuevo resurgimiento de la productividad, que como dijo el premio Nobel de Economía Paul Krugman «La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo», la capacidad de un país para mejorar el nivel de vida depende casi por completo de su capacidad para aumentar su productividad.
Sin embargo, la dimensión más inquietante de la IA no se limita al mercado laboral. Paralelamente, asistimos al inicio de una nueva carrera armamentística, esta vez impulsada por los tres vectores sobre los que descansa esta nueva tecnología: energía, chips y datos, con Estados Unidos y China compitiendo por el dominio tecnológico global.
La IA no es una tecnología neutra, es una revolución industrial que define el poder presente y futuro. su capacidad para mejorar la productividad y el conocimiento convive con su potencial para revolucionar la guerra. Desde enjambres de drones autónomos hasta capacidades avanzadas de ciberataque, la IA reduce los costes de la confrontación y acelera los tiempos de decisión, aumentando el riesgo de conflictos inadvertidos o mal calculados.
Más preocupante aún es la posible erosión de los equilibrios estratégicos existentes. Si la IA permite desactivar sistemas defensivos, manipular información a gran escala o anticipar movimientos del adversario con ventaja decisiva, las bases de la disuasión tradicional podrían debilitarse. En ese escenario, una ventaja tecnológica de meses podría resultar suficiente para inclinar el equilibrio de poder, incentivando comportamientos preventivos o agresivos.
Con la IA hoy se están tomando las decisiones que van a definir la economía, y con ello la viabilidad económica de nuestro estado del bienestar, cada vez más precario, Al mismo tiempo, se están configurando las estructuras de poder de las próximas décadas.
La inteligencia artificial no es una tecnología más. Como ocurrió con las grandes revoluciones tecnológicas del pasado, su impacto trascenderá el ámbito económico para transformar las relaciones sociales, la distribución del poder y el equilibrio entre naciones. El desafío no consiste únicamente en desarrollar esta tecnología, sino en asegurar que sus beneficios se traduzcan en una mayor prosperidad y estabilidad, y no en nuevas formas de desigualdad o conflicto.

