Invertir en un mundo que ha dejado de ser previsible
El 28 de julio de 2026
Por Ana Guzmán Quintana
Lo que nos han dejado veintitrés semanas de reflexión
Ahora que nos acercamos al verano y la nota semanal va a tomarse un descanso, nos ha parecido un buen momento para parar también nosotros y echar la vista atrás. Desde comienzos de enero, cada semana hemos elegido un tema que nos parecía que merecía una reflexión algo más pausada. Los hemos escrito personas distintas, desde miradas y sensibilidades también distintas, y quizá leídos uno a uno hayan podido parecer bastante divergentes.
Y, en parte, lo han sido. Hemos hablado de Waterloo y de Irán, de Babilonia y de la Luna, del miedo en los mercados y de la sinodalidad, de bonos verdes, inteligencia artificial, altruismo efectivo o capital privado africano. No había un guion previo que pretendiera conducirnos a una conclusión concreta. Es más, el tema a elegir es completamente libre y no se pone en conocimiento de los demás de antemano. Pero, al reunir ahora las veintitrés notas, sí aparece un punto común bastante claro: la dificultad de tomar buenas decisiones ( y no sólo de inversión) en un mundo cada vez más incierto, más rápido y menos cooperativo.
En el fondo, casi todos los textos se han acercado a la misma pregunta desde lugares diferentes: qué responsabilidad tenemos ante lo que está ocurriendo y qué capacidad real tenemos para influir. Porque cada vez resulta más difícil hablar de inversión sin hablar también del mundo que estamos financiando. La geopolítica afecta a la energía, a la inflación y a las carteras; la tecnología modifica modelos de negocio, profesiones y relaciones de poder; y la procedencia del beneficio o la forma en que se utiliza el capital ya no pueden quedar al margen del análisis.
La primera nota del año planteaba precisamente cómo invertir con impacto cuando el mundo deja de ser cooperativo. Vista hoy, aquella pregunta ha terminado siendo una especie de marco involuntario para todo el semestre. Quizá el reto no sea simplemente añadir una nueva lista de riesgos a nuestros modelos, sino preguntarnos si esos modelos siguen sirviendo para entender una realidad mucho más política, fragmentada y competitiva.
El semestre comenzó recordando una vieja lección. La historia (o quizá el mito) de los Rothschild y Waterloo mostraba que los mercados siempre han reaccionado a una mezcla de hechos, rumores, miedo y ventaja informativa. La velocidad ha cambiado de manera radical, pero no tanto la naturaleza humana. Hoy ya no esperamos días a que llegue un mensajero: una noticia, una declaración o una imagen recorren el mundo en segundos. Esa rapidez no elimina el error; muchas veces lo amplifica.
La guerra en Irán convirtió esa reflexión histórica en una cuestión inmediata. El cierre temporal del estrecho de Ormuz, el repunte del petróleo y la vulnerabilidad energética de Europa y Asia devolvieron la geopolítica al centro del análisis macroeconómico. Inflación, crecimiento y política monetaria dejaron de poder interpretarse solo a partir de los datos tradicionales. Durante semanas, una tregua podía rebajar el precio del crudo y devolver el optimismo a los activos de riesgo; una nueva amenaza podía invertir el movimiento. Incluso cuando comenzó a plantearse una desescalada, permaneció la huella del conflicto sobre los tipos de interés y las expectativas.
El comienzo del año ya advertía de otros focos de fragilidad: la divergencia entre las políticas monetarias de Estados Unidos, Europa y Japón; la presión política sobre la independencia de la Reserva Federal; el endeudamiento estadounidense; la concentración del S&P 500 en un número reducido de compañías; y unas relaciones internacionales en las que seguridad, soberanía y poder pesan cada vez más. La geopolítica ha dejado de ser un riesgo periférico que se añade al análisis. Es el marco dentro del que se toman las decisiones sobre energía, agua, alimentación, semiconductores, datos o defensa.
El Cuerno de África nos obligó a ampliar el foco. El estrecho de Bab-el-Mandeb, el canal de Suez, las bases militares en Yibuti, la presa etíope y la fragilidad política regional muestran hasta qué punto lugares poco presentes en la conversación cotidiana pueden condicionar rutas comerciales, energía y equilibrios de poder. Los mapas de riesgo no coinciden necesariamente con los mapas de atención mediática. Y a veces entender lo que ocurre exige mirar precisamente allí donde todavía no están los titulares.
La consecuencia para el inversor no es intentar adivinar cada giro geopolítico. Es aceptar que la incertidumbre forma parte de la inversión y preparar las carteras para convivir con ella. La historia de las correcciones bursátiles lo confirma: los mercados pasan más tiempo subiendo que bajando, y buena parte de las recuperaciones se concentra cuando el temor todavía es elevado. Vender para esperar a que todo vuelva a estar claro suele implicar regresar cuando una parte importante del rebote ya ha ocurrido. El verdadero coste del pánico no siempre está en la caída, sino en renunciar a la recuperación. Eso no equivale a defender la pasividad. Significa distinguir entre una reacción emocional y una decisión de cartera. La planificación, la liquidez, la diversificación y una asignación coherente con la tolerancia al riesgo son las que permiten mantener el rumbo. En 2026, además, los mercados han ofrecido señales contradictorias. Mientras la renta variable se apoyaba en beneficios empresariales sólidos y en las expectativas de crecimiento asociadas a la inteligencia artificial, la deuda soberana advertía sobre inflación, déficit y tipos altos durante más tiempo. Dos mercados construían dos relatos diferentes sobre el mismo futuro.
En algún momento, esos dos relatos tendrán que encontrarse. Si el crecimiento y la productividad terminan justificando las expectativas, la renta variable habrá leído correctamente el cambio estructural. Si la inflación y el coste del capital permanecen elevados, las valoraciones tendrán que adaptarse. Mientras tanto, quizá lo más sensato sea entender qué supuestos sostiene cada relato y cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir si no se cumplen.
La inteligencia artificial ha ocupado un lugar central en este periodo. Al inicio del año, las caídas de algunas grandes compañías de software mostraban que la IA no solo crea ganadores: también pone en cuestión modelos de negocio considerados hasta ahora resistentes. Si herramientas capaces de programar, automatizar procesos o adaptar soluciones reducen el valor de determinadas tareas, la ventaja competitiva ya no reside simplemente en haber digitalizado una actividad. Reside en la capacidad de reinventarla.
Al mismo tiempo, la inversión masiva en infraestructura y desarrollo de inteligencia artificial ha sostenido buena parte del optimismo bursátil. Ahí aparece una tensión relevante: la tecnología puede impulsar productividad, márgenes y crecimiento, pero el volumen de capital comprometido eleva también el listón de los retornos futuros. No basta con que la IA transforme la economía; debe generar valor suficiente para remunerar todo el capital que está absorbiendo.
La reflexión, sin embargo, no puede limitarse a la cuenta de resultados. La tecnología no es neutral porque incorpora prioridades, distribuye poder y puede reproducir desigualdades bajo una apariencia de objetividad. Los algoritmos, los datos y la infraestructura digital se concentran en entidades privadas con capacidades superiores a las de muchos Estados. Preguntarse quién decide, quién queda representado, quién se beneficia y quién asume el daño es tan importante como medir la eficiencia obtenida.
La crisis de la verdad añade otra dimensión. Textos, voces e imágenes sintéticas cada vez más convincentes pueden deteriorar la confianza en lo que vemos y escuchamos, alimentar la polarización y diluir la responsabilidad. Una máquina puede simular conversación o empatía, pero no sentirlas; puede asistir en un diagnóstico, una clase o una decisión, pero no asumir su responsabilidad moral. Transparencia, trazabilidad, protección de los datos y control humano efectivo no son obstáculos a la innovación: son las condiciones para que siga estando al servicio de la persona. De ahí la insistencia, repetida en varias notas, en poner lo humano por encima de la tecnología. No porque haya que frenar la innovación, sino porque conviene recordar qué lugar debe ocupar. La dignidad, el bien común o la justicia social son un marco bastante más exigente que la mera regulación técnica. La IA será realmente útil si amplía nuestras capacidades sin borrar por el camino la responsabilidad, el criterio y la compasión.
La nueva carrera espacial lleva esa misma pregunta más allá de la Tierra. Artemis, los cohetes reutilizables, los robots lunares y la posibilidad de aprovechar recursos en la Luna abren oportunidades extraordinarias para la ciencia, la industria y la inversión. Muchas tecnologías hoy cotidianas nacieron de desafíos espaciales, y la próxima etapa puede acelerar avances en robótica, materiales, energía e inteligencia artificial.
Pero la vieja ambición humana viaja con nosotros. ¿Quién puede utilizar los recursos del espacio? ¿Cómo se reparten sus beneficios? ¿Qué ocurre cuando la capacidad tecnológica avanza más rápido que el marco de gobernanza? La Luna deja de ser solo destino científico para convertirse en plataforma económica y geopolítica. Ya no basta con llegar; la cuestión es cómo permanecer y con qué reglas.
También en la Tierra la transición está cambiando el trabajo. El ascenso del talento verde demuestra que la sostenibilidad ya no pertenece a un departamento aislado. Ingenieros, abogados, financieros, arquitectos, técnicos y especialistas de múltiples ámbitos necesitan incorporar criterios ambientales y sociales a su actividad. La transformación no consiste únicamente en crear nuevas profesiones, sino en modificar las existentes. La escasez de capacidades puede convertirse en uno de los principales frenos de la transición, pero también en una oportunidad para generar empleo local, reforzar territorios y hacer más competitivas a las empresas.
Varias de las reflexiones del semestre han abordado de forma directa una cuestión incómoda: el dinero puede no oler, pero su origen y su destino importan. La expresión pecunia non olet describe la facilidad con la que el beneficio se separa moralmente de la actividad que lo genera. Las cadenas de valor y la intermediación financiera hacen posible que un inversor termine financiando actividades controvertidas sin percibirlas. Cuanta más distancia existe, más sencillo resulta fingir neutralidad.
Pero toda inversión fortalece unos modelos económicos frente a otros. Esto no obliga a perseguir una pureza moral imposible ni elimina las zonas grises. Sí obliga a formular preguntas mejores. No solo cuánto rinde una actividad, sino cómo obtiene ese rendimiento, qué riesgos traslada a otros y qué consecuencias produce. Las etiquetas estandarizadas ayudan, pero nunca sustituyen el juicio.
La reflexión sobre lo irreparable llevó esa responsabilidad a su extremo. Hay daños que el dinero no puede compensar y estructuras de poder que no se transforman mediante una donación posterior. La filantropía no puede funcionar como mecanismo para comprar una conciencia o rehabilitar una reputación. Cuando el origen de la fortuna está ligado al daño, devolver una parte no sustituye a la justicia, la rendición de cuentas ni el cambio de las instituciones que lo hicieron posible.
La reflexión sobre el altruismo efectivo introducía la otra cara de la cuestión: tampoco basta con tener buena intención. Si los recursos son limitados, importa analizar dónde pueden generar más bienestar, comparar intervenciones y medir sus resultados. Convertir la generosidad en un hábito estable y apoyado en evidencia es una aportación valiosa. Pero la eficacia no debería reducir la realidad humana a una clasificación fría ni permitir que el fin borre la calidad de los medios. Al final, hay que preguntar de dónde viene el capital, pero también para qué sirve de verdad y cómo se utiliza.
Los bonos verdes ofrecen un ejemplo concreto de cómo canalizar recursos hacia una transición necesaria. Tras años de crecimiento, el mercado puede atravesar periodos de menor dinamismo sin perder su función. Financiar energías renovables, eficiencia, infraestructuras sostenibles, adaptación y resiliencia climática seguirá siendo esencial, en particular cuando la demanda eléctrica vinculada a la digitalización y la IA aumenta. La calidad del instrumento dependerá de la selección de proyectos, la trazabilidad de los fondos y la evidencia del impacto, no solo de la etiqueta incorporada a la emisión. La inversión sostenible tampoco ofrece una promesa de seguridad. Lo que ofrece, si se hace bien, es una manera más completa de entender el riesgo. El clima ya no puede tratarse como una preferencia ideológica o como una letra dentro de un acrónimo: afecta a los precios, a las migraciones, a las cadenas de suministro y a la estabilidad financiera. Y la transición solo será viable si resulta socialmente aceptable, es decir, si la energía, la vivienda, la movilidad, la salud o la educación siguen siendo accesibles. No elimina la incertidumbre (nada lo hace), pero ayuda a no quedar atrapados en la reacción inmediata.
La calidad de una inversión depende también del proceso mediante el que se decide. La sinodalidad, caminar juntos, aporta una perspectiva útil incluso fuera del ámbito eclesial. Escucha, participación, transparencia, rendición de cuentas y evaluación no diluyen la autoridad: la hacen más consciente y defendible. Gestionar un patrimonio no es comprar productos ni delegar sin más en una entidad; es establecer objetivos, seleccionar profesionales, distribuir responsabilidades y supervisar resultados.
Esta gobernanza resulta especialmente importante cuando la cartera debe expresar una misión. Las buenas intenciones no sustituyen a los procedimientos, como tampoco la especialización técnica sustituye al discernimiento institucional. Incorporar voces diversas y conocimiento externo puede mejorar una decisión siempre que estén claros los roles y la responsabilidad final. En ese sentido, la inversión puede convertirse en una prolongación de la misión de una familia, una fundación o una congregación, pero solo si existe coherencia entre valores, proceso y cartera.
En un mundo menos cooperativo, la inversión de impacto necesita delimitar mejor el papel del capital privado. La retirada de ayuda internacional y el debilitamiento de algunos mecanismos multilaterales dejan vacíos que el capital puede ayudar a cubrir. Pero conviene no engañarse: no puede sustituir al Estado ni arreglar por sí solo problemas estructurales. Puede catalizar, innovar y ayudar a escalar soluciones. Por eso importa tanto movilizar más capital como diseñarlo mejor y distinguir entre el recurso concesional que desbloquea una solución y el que termina anestesiando el mercado o manteniendo modelos dependientes.
También recupera importancia la proximidad. Frente a las grandes narrativas globales, muchas respuestas efectivas nacen de necesidades concretas, del conocimiento del territorio y de servicios verdaderamente asequibles. Una solución local puede replicarse sin perder su conexión con las personas a las que pretende servir. Y aquí aparece una idea que quizá resulte incómoda, pero que nos parece importante: invertir con impacto exige también cierta ética de la renuncia. No todo debe financiarse, no todo necesita crecer y decidir dónde no queremos estar puede ser tan relevante como elegir dónde sí.
África ofrece una de las pruebas más claras de esa coherencia. El continente recibe menos del 1% del capital institucional global, pese a su demografía, sus recursos y su potencial empresarial. Sin embargo, describir el problema únicamente como falta de dinero conduce a respuestas incompletas. Existen billones de dólares en activos locales, gestores emergentes con resultados prometedores y mercados que apenas aparecen en el radar internacional. Lo que falta con frecuencia son instrumentos, garantías, liquidez e infraestructuras financieras capaces de conectar ese capital con las oportunidades. El ejemplo de InfraCredit en Nigeria muestra el efecto de construir el puente adecuado: una garantía en moneda local permitió que los bonos de infraestructura alcanzaran calificaciones compatibles con los fondos de pensiones y desbloqueó capital que ya estaba en el país. No fue necesario diseñar desde fuera una solución grandiosa. Fue necesario comprender la restricción concreta y trabajar con el ecosistema local.
Tomarse África en serio significa revisar criterios que excluyen sistemáticamente a los gestores de primera generación por no disponer de la experiencia que solo podrían construir si recibieran capital. Significa apoyar infraestructura de mercado, coinvertir con actores locales y aceptar que el liderazgo no tiene por qué venir de los centros financieros tradicionales. El capital con propósito empieza por la humildad de reconocer que la proximidad aporta un conocimiento que ningún modelo remoto puede sustituir.
Babilonia cierra simbólicamente este recorrido. La ciudad histórica y la ciudad imaginada no son exactamente la misma. La arqueología, la Biblia, el orientalismo, el cine, la ópera y el teatro han superpuesto interpretaciones hasta convertirla en espejo de las preocupaciones de cada época. Mirar Babilonia obliga a separar evidencia y relato, realidad y proyección.
Eso mismo exige el presente. Los mercados construyen relatos sobre inflación, crecimiento y tecnología; los inversores construyen relatos sobre países, sectores y gestores; las sociedades construyen relatos sobre el progreso y el poder. Esos relatos son necesarios para orientarnos, pero se vuelven peligrosos cuando olvidamos que son interpretaciones.
Al releer las veintitrés reflexiones no encontramos una fórmula única, y seguramente sea mejor así. Sí encontramos algunas convicciones que se repiten: no reaccionar desde el miedo, mirar más allá del titular, no confundir innovación con progreso, exigir coherencia entre la rentabilidad y la forma de obtenerla, y medir el impacto sin reducir a las personas a un dato.
En el corto plazo seguiremos hablando de tipos, petróleo, resultados empresariales y volatilidad. En el largo están la transición energética, la inteligencia artificial, el futuro del trabajo, la distribución del poder y la calidad de las instituciones. Una buena cartera tiene que entender ambos horizontes. Pero, después de todo lo escrito durante estos meses, quizá nos quedemos con algo todavía más sencillo: el capital no solo intenta anticipar el futuro. Nos guste o no, también ayuda a construirlo.

