Mucho más que ecología verde
Por Cristina Inogés Sanz
La Comisión Teológica Internacional (CTI) acaba de publicar un documento titulado Cuidar nuestra Casa común. Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario.
Conviene, antes de seguir, aclarar que la CTI no es un grupo de teólogos y, ahora también teólogas, que viven en bibliotecas y archivos pensando sesudamente en temas que están fuera del mundo. Al contrario, son teólogos y teólogas que viven en países y culturas diferentes, ocupados en distintos trabajos y en contextos de lo más variado. Esto garantiza una diversidad para abordar temas de manera muy diferente.
El papa Francisco tenía una forma de actuar que podría resumirse en tres pasos: Basarse en la realidad, provocar la costumbre, y, por fin, elaborar la ley. Cuando publicó Laudato Si’ y Laudato Deum, hubo personas que, rápidamente, lanzaron juicios tremendamente duros sobre el “wokismo” que seguía Francisco sobre la ecología. Pues bien, la CTI, que no publica nada sin la autorización del papa, ha presentado el documento que nos ocupa. En un lenguaje algo coloquial, podríamos decir que León XIV está tejiendo con los mimbres que dejó Francisco y lo tejido está sólidamente trabajado. Porque es la fundamentación teológica de Laudato Si’.
Porque nunca, ni con Francisco ni con León XIV, hemos hablado de “ecología verde”, sino de auténtica Doctrina Social de la Iglesia. Ya no estamos hablando de la cuestión ecológica, sino que la ecología ha pasado a ser una cuestión teológica y, esto, son palabras mayores. Que el título haga ya referencia al Dios trinitario, es una pista de la importancia que tiene la relación, las relaciones en la vida. No solo entre los seres humanos, sino con todo el entorno en el que nuestra vida se desarrolla y del cuidado que mostramos a lo que se nos ha entregado, en un gesto de máxima confianza por parte de Dios, para que cuidemos de él, lo administremos. En definitiva, el trato que le damos a lo creado es un reflejo de cómo es nuestra relación con Dios. Pero no solo, porque también es reflejo de cómo tratamos a los seres humanos menos favorecidos.
Que el ser humano esté por encima del resto de los animales en esa pirámide en la que todo lo jerarquizamos, no implica que el hombre, el ser humano, tenga derecho a disponer de la naturaleza y de sus recursos. El texto es claro y directo y se refiere a la crisis que vivimos como miope y suicida. Nuestra visión empieza hoy y termina hoy. Es como si no hubiera un mañana y, menos, un futuro más lejano.
Conforme nos adentramos en el texto, vemos que la libertad no trata de maximizar los beneficios sin mirar qué y a quién dejamos en el camino, sino la capacidad que tenemos de relacionarnos con quienes viven en el mismo planeta, en la Casa común, aunque nunca sepamos sus nombres, ambiciones, o esperanzas. Si bien la humanidad pertenece sin duda a la creación y depende de ella, no es solo una especie más. Hay una diferencia esencial porque solo la humanidad fue creada a imagen y semejanza de Dios y recibe una responsabilidad moral particular hacia el mundo. Y es ahí, en ese cuidado donde mostramos qué y cómo entendemos esa responsabilidad moral. Haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, no nos autoriza a disponer del mundo arbitrariamente. Al contrario, se nos exige -deberíamos exigirlo nosotros mismos- cuidar lo que se nos ha confiado.
La negación de la singularidad humana puede llevar a considerar la muerte de gran cantidad de personas como algo bueno para el bienestar de las demás criaturas. Tal conclusión se declara imposible de aceptar para la fe cristiana. La advertencia también es de índole religiosa. Según la Comisión, absolutizar la naturaleza a expensas de la humanidad podría abrir el camino a una nueva forma de panteísmo teñida de neopaganismo. La Iglesia, por lo tanto, rechaza tanto a la humanidad convertida en depredador como a la naturaleza convertida en absoluto.
También este cambio, este comprender desde ahora la ecología como lugar teológico, conlleva una conversión profunda. Porque no se trata solo de depositar los plásticos en el contenedor amarillo, sino de no explotar como si el hemisferio norte fuera dueño y señor de todo el planeta. Destruir deliberadamente lo que se le ha confiado a la humanidad equivale a malinterpretar el designio divino y, al mismo tiempo, perjudica a la creación y al prójimo, en particular a los pobres y a las generaciones futuras. La conversión ecológica que exige el documento es, por lo tanto, ante todo una conversión de la humanidad. Presupone un cambio en los comportamientos y los modelos económicos, pero también una transformación espiritual: dominio de los deseos, sobriedad, ascetismo e incluso un redescubrimiento del ayuno. La Comisión cree, pues, que la situación actual exige especialmente a las sociedades ricas que reduzcan voluntariamente su consumo y la explotación de los recursos.
El paso de ecología a cuestión teológica da una vuelta de tuerca, si es que eso es posible, a la terrible realidad de la guerra que destruye vidas y entornos vitales y a la realidad de pretender que los desastres causados por los países más ricos, los tengan que pagar también los países más pobres que, en muchas ocasiones, han sido explotados privándolos de sus bienes naturales.
Por lo tanto, los seres humanos no son ni dueños absolutos ni intrusos en la naturaleza. Son sus administradores y servidores. La Comisión recuerda el pensamiento de Juan Pablo II, porque Otros papas ya habían hablado antes de ecología: “Los seres humanos deben actuar en la naturaleza no como explotadores irresponsables, sino como administradores sabios y responsables”. El documento aborda la vida humana. La vida humana tiene un valor sagrado, afirma, antes de concluir que los seres humanos poseen un derecho incondicional e inalienable a la vida, que los Estados deben proteger y promover, creando las condiciones para ello. La defensa del medio ambiente, por consiguiente, nunca puede construirse en contra de la persona humana. Es precisamente su dignidad particular la que fundamenta su responsabilidad hacia las demás criaturas.
Pero que nadie crea que estamos ante un documento solo para cristianos, sino que cualquier creyente de cualquier religión puede sentirse interpelado a vivir con esa conciencia de la necesidad del cuidado de la Casa común. Y esa relación a la que hace referencia también el título cuando habla de respuesta responsable y fraterna, nos sitúa ante la realidad de las relaciones que mantenemos en la vida con todos los seres humanos independientemente de su raza, cultura, género, situación económica, o religión. Las grandes religiones también contribuyen al cuidado de la Casa común.
Si hubiera que presentar con una palabra este documento, la palabra sería equilibrio porque no sacraliza ni el poder humano ni la naturaleza. La humanidad permanece en la cima de la Creación en virtud de la dignidad especial que Dios le ha otorgado, pero esta primacía se traduce en una misión de servicio. Por lo tanto, una ecología cristiana no exige que la humanidad desaparezca ante la naturaleza, sino que redescubra el lugar que le corresponde ante Dios.
De ecología a situar la ecología como lugar teológico. Doctrina Social de la Iglesia. Nada más. Y nada menos.

