La lección financiera de los mundiales
Por Jaime Martín-Borregón
El pasado 19 de julio, España se coronó campeona del mundo de fútbol en el primer mundial de la historia disputado simultáneamente en tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Detrás del título como tal, hay una serie de temas económicos de los que podemos extraer algunas lecciones útiles más allá del deporte.
Los tres países evitaron uno de los errores más frecuentes de ediciones anteriores: en lugar de construir estadios nuevos, optaron por reformar la infraestructura ya existente. El resultado fue una inversión aproximada de entre 1.500 y 1.600 millones de dólares destinada a la remodelación de 16 estadios, más inversiones adicionales en transporte, seguridad y entornos urbanos que elevan la factura a unos 6.200 millones de dólares. Es por tanto una cifra muy inferior a la de mundiales anteriores como el de Brasil 2014, donde se invirtieron entre 15.000 y 19.700 millones de dólares, o el de Qatar 2022, con más de 200 millones de dólares.
A pesar de esa contención en el gasto, la rentabilidad de los mundiales rara vez favorece al país anfitrión. Como dato, 12 de las últimas 14 copas del mundo desde 1966 han cerrado con pérdidas para quienes las organizaron, y solo Alemania 2006 y Rusia 2018 lograron cerrar sus cuentas en positivo. Brasil 2014 por ejemplo registró pérdidas de aproximadamente 240 millones de dólares. La explicación de por qué es tan difícil rentabilizar este tipo de eventos se debe principalmente al reparto de ingresos, y es que la FIFA (Federación Internacional de Fútbol), se queda con los derechos de televisión, los patrocinios y el merchandising, mientras que el país sede asume el costo de la infraestructura y debe conformarse con los ingresos de las entradas y del turismo.
Mas allá del balance financiero, el principal riesgo que conllevan estas inversiones es que los estadios construidos ad-hoc para el evento, quedan sobredimensionados y prácticamente sin uso una vez terminado el torneo. Son los llamados “elefantes blancos”:
- “Mané Garrincha” (Brasil 2014) costo entre 600 y 700 millones de dólares y hoy recibe partidos con apenas 400 espectadores.
- “Cape Town Stadium” (Sudáfrica 2010) superó los 600 millones de dólares de inversión y permanece muy subutilizado.
- La excepción a esta tendencia fue el “Estadio 974” de Qatar, construido con contenedores reciclados y desmontado por completo al finalizar el torneo. Al no dejar infraestructura que mantener, no dejó el problema asociado.
Por tanto, la lección económica que nos deja este último mundial es que, aunque reformar en lugar de construir no garantiza la rentabilidad, si permite evitar el peor de los escenarios; terminar con una infraestructura de cientos de millones de dólares, pero con las gradas vacías.
Esta lógica puede aplicarse a cualquier organización antes de embarcarse en un proyecto con retorno financiero incierto. La pregunta no sería únicamente si el proyecto se puede financiar, sino quién asume el costo si el retorno esperado no llega.

